Memoria pictórica de célebres personajes

Hay algo familiar dentro de la pintura de Armando Romero. Al verla, nos resulta fácil aludir a las viejas galerías de un museo. Recorremos con la mirada y sentimos que estamos entrando al estudio de Frans Hals o, quizá, que estamos interrumpiendo a Rembrandt, que está dibujando en una esquina del salón de anatomía. Esta familiaridad evoca un sentido de lo íntimo, pero ¿qué es realmente lo que estamos viendo?

A lo largo de la presente exposición podemos ver una “Memoria pictórica de célebres personajes”. Pero, tras verlos detenidamente nos puede surgir la pregunta ¿quiénes son realmente estos “célebres personajes”? No son nadie, no tienen porque ser alguien. Esto es precisamente lo que Armando Romero logra, desarticula el cliché y los lugares comunes desde los cuales se suele citar la pintura clásica. No es un simple ejercicio de “cita clásica” y “burla pop”. Más bien, es una mezcla de ritmos y de distintos asideros visuales que hacen del cuadro un espacio en donde convergen diferentes tradiciones. Es más parecido al eclecticismo de una sinfonía que a una simple armonía de contrapunto burlesco. O, parafraseando al mismo pintor, es una cumbia rescrita por Beethoven.

El hechizo de estas pintura consiste en desdibujar las identidades. Un ejercicio en el que los rostros quedan cobijados bajo el disfraz holandés. Pero los rostro ya no son más los mismos, ahora es el cualsea, el quodlibet latino. Francis Bacon buscaba pintar estas mismas identidades: borraba los rostros, los difuminaba, dejando una apertura para leer el cuadro desde otro lugar. Armando Romero genera una apertura análoga, pero él no borra el rostro para despojarlo de su identidad. Produce un diagrama (término que el mismo Bacon utilizó para hablar de la difuminación de la identidad), que está presente cuando vemos que los invitados a posar para los clásicos ya no son los mismos que antes.

Esta es finalmente la apuesta: hacer que el Banquete de los arcabuceros de San Jorge se pueda volver un puesto de pozole de cabeza; que Las regentes del asilo de Haarlem puedan volverse las vecinas de alguien. Lograr que un noble holandés del siglo XVII sea un detective o un aristócrata. Trastocar todas las identidades hasta que la pintura se vuelva un espacio nuevo. O, dicho en otras palabras, para que el lienzo no permanezca siempre igual.

Juan Heiblum Ciudad de México, Julio 2022

OBRA DISPONIBLE

  • Pozole el Porky
  • Las hamburguesas del general Adrian
  • Sin título
  • El chisme
  • Homenaje a Bill Smith (Batman)
  • Hombre de letras
  • Club de motociclistas
  • El entrenador de perros
  • La Formula
  • Sin título

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